Nubia Restrepo

Obituary of Nubia Restrepo

Por Libaniel Marulanda

 

Todo comenzó una mañana del año de 1957, cuando llegó hasta la casa que llamamos nuestra sin serlo, y de eso daban cuenta los comunicados que solía fijar tras la puerta la agencia de arriendos de don Ignacio Jiménez, en cuanto cumplíamos el vergonzoso ciclo de tres meses sin pagar. Aquella casa de la calle 21, con número veintisiete cincuenta y seis, que en verdad habitamos unos pocos años de esta larguísima existencia a la que se aferró con fiereza mi tía, la que llegó aquella mañana del lejano año cincuenta y siete, se quedó enraizada en el prontuario existencial de cada uno de nosotros, quienes, entonces, éramos tan felices como podía serlo una familia quindiana en la cual la diaria subsistencia tenía visos de aventura, esperanza, sinsabores, y con inusitada frecuencia el explosivo júbilo de la abundancia.

 

Creo, tras este montón de almanaques, que nuestra familia no era diferente a la montaña rusa que caracterizaba al país de entonces, ese mismo que ahora me avergüenza habitar, porque, antaño, la suerte tenía el número del juego del Cinco y seis, mientras ahora es el nefasto seis mil cuatrocientos dos.

 

Pero volvamos a ella, la última de mis tías en abordar la barca de Caronte: Llegó acompañada de un mínimo equipaje y una voluminosa tristeza, con su única y gran esperanza enfocada en la conversación con mi mamá, hermana media, una de las cuatro hermanas mayores. Creo recordar que tenía trece años. Judith, su mamá, había muerto unos meses antes, y su padre, mi abuelo, vivía con nosotros.

 

Y mi madre, Noemy, no sólo entendió su dolor de orfandad porque en los minutos siguientes ella se convirtió en la hermanita que todas las mujeres quieren y necesitan tener a su lado: un ser cuya presencia demanda protección pero también en quien se guardan las confidencias, a quien se aconseja, se regaña, con quien se baila, se juega, se sueña y se llora.

 

En aquella casa del barrio San José de Armenia, en los tiempos de la caída del general Rojas Pinilla, la fumigación de DDT contra los chinches, cuando ya las niguas solo eran historias del abuelo, cuando llegó también el virus de la gripa asiática, la televisión al barrio, Nubia, mi última tía, nos deparó el proletario orgullo de ser la reina de la escuela Alejandro Suárez.

 

Luego llegó también a nuestra casa que no era nuestra y a nuestras vidas de adolescentes el tiempo en que debíamos comenzar a resolver la eterna cuestión del cómo construir un lugar propio bajo el sol, emprender el vuelo hacia la independencia, en una región y un país dónde lo único seguro es el desempleo y la inequidad social.

 

Y pasaron más años. Y Nubia, mi última tía, logró realizar el sueño americano, tener cuatro hijas y ser feliz. Luego de obtenida esa paz y estabilidad que es coronada por el advenimiento de los nietos, cuando nos percatamos de que todo llegó un poco tarde, comienza la última de las batallas, contra el peso y el paso del tiempo. Y justo por esta época actual, a la lucha se le suma otro adversario en forma de virus planetario, de tal modo que sobrevivir es otra utopía.

 

Y Nubia sobrevivió a la peste en una clínica de Armenia, como pudo sobrevivir de modo sorprendente para su edad a otras agresivas enfermedades. Pero pese a su capacidad de darle guerra a la muerte, tras regresar una vez más al imperio del norte, un infarto fue superior a su voluntad de vivir.

 

Y así, la última de mis tías partió, dejándole la puerta abierta al destino final con el que pronto tendremos que enfrentarnos los demás habitantes supérstites de aquella casa de la veintiuna, y tal vez en orden generacional, si es que la vida respeta turnos. De ser así, debo disponerme a escoger a quién legarle mi acordeón.

 

 

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